Aceptar nuestra historia personal

Cristóbal Nebot

Nuestras historias tienen un propósito Divino. Son una parte real y necesaria de nuestra evolución personal. Hasta que comprendamos la importancia de nuestras historias, seguiremos atrapados en el círculo vicioso de intentar reparar partes de nosotros mismos que no están rotas.

Oculta en nuestros dramas personales hay una información importante, perlas de sabiduría de las que podemos extraer la clave para realizar nuestras contribuciones únicas al mundo.

Nuestras historias contienen los ingrendientes exactos que necesitamos para convertirnos en las personas que siempre quisimos ser. Dentro de nuestras historias hay una receta Divina para una vida de lo más extraordinaria.

Tú has creado tu historia para aprender las lecciones que debía enseñarte. Eres como un maestro cocinero. Has pasado tu vida en la cocina, cocinando tu dolor, tu alegría, tus triunfos, y tus fracasos para reunir los ingrendientes necesarios para manifestar tu Yo más extraordinario.

La mayoría de nosotros se distrae tanto con el drama de su historia que ya no recuerda que tenemos un propósito Divino aquí.

Estamos tan entregados al dolor de nuestras historias personales y a hacer que los demás estén equivocados, que ni siquiera nos damos cuenta de que todo ese dolor tiene una finalidad. Vale la pena repetirlo: ¡ Todo nuestro dolor tiene una finalidad!.

Está aquí para enseñarnos, guiarnos y darnos la sabiduría que necesitamos para entregar nuestros dones al mundo.

La mayoría de nosotros utiliza sus traumas y sus heridas para machacarse, para mantenerse atascado y para no crecer.

Estás aquí para aportar tu esencia única y para servir al mundo de una manera en que solo tú puedes hacerlo.

Te cuento una historia para ver lo importante de nuestra aportación única al mundo.

En el primer día de escuela, una profesora entregó a todos los niños que entraron en su clase una pieza de un puzle que tenía un número en la parte posterior. Cuando llamaba a cada alumno o alumna por su número, cada uno de ellos llevaba su pieza de puzle y ella la ponía en la posición correcta en el marco de cartón que lo contenía.

Había veinte niños y veinte piezas del puzle.

Cuando finalmente la profesora llamó al número veinte, se pudo ver la imagen completa en el puzle, salvo una pieza que faltaba, que impedía que todos vieran la belleza de la imagen íntegra.

El niñito al que le había correspondido la pieza número diecinueve había faltado a clase ese día y, para que se viera toda la imagen, la clase necesitaba su aportación.

De esta manera la profesora ilustró bellamente para los niños cuán importante era cada uno de ellos para completar la totalidad.

Cada uno de nosotros tiene una pieza importante que aportar a la imagen de la vida. Cuando nos quedamos estancados en la pasado, odiando nuestras vidas y nuestras historias y odiándonos a nosotros mismos, es imposible reclamar nuestra pieza del puzle y colocarla en el sitio que le está destinado.

Cuando hagamos las paces con nuestra historia podremos extraer los ingrendientes necesarios para expresar nuestro Yo Divino.

Todos nuestro drama-cada una de nuestras experiencias, las partes de nosotros mismos que amamos y las partes que detestamos- es lo que hace que nuestra pieza sea única.

Algunos de nosotros tenemos la pieza del centro del puzle; otros, las de algún extremo; y otros, la pieza grande y redonda. No hay ninguna otra pieza del puzle que sea exactamente igual a la tuya. Ninguna. Hay algunas similares, pero ninguna es como la tuya.

Cada día atraes experiencias perfectamente adecuadas para obtener la sabiduría requerida para producir tu receta única, tu pieza del puzle.

Cristóbal Nebot
www.cristobalnebot.com

15 marzo, 2020

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